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La felicidad está sobrevalorada

Soy consciente de que este tema puede causar polémica y que el título deesta entrada resulta chocante ya que por lo general las personas que acuden a visitarnos lo hacen debido a que uno de sus motivos principales es conseguir SER FELICES.

Vivimos rodeados de la presión social a ser felices, es más, existen ciertas normas no escritas que van a establecer si una persona tiene todo lo necesario para ser feliz o no, se habla de una felicidad del tener y no del simple estar conforme con uno mismo. Así nos encontramos a numerosas personas que viven bajo exageradas exigencias para conseguir o no perder aquello que les han hecho creer que les va a hacer felices, porque además, sin felicidad, ¿la vida tiene sentido?.

No me refiero únicamente a la felicidad de consumo (tener ciertos objetos materiales como casas inmensas, coches potentes …) incluyo aspectos que considero que son aún más importantes, como por ejemplo la idea de si no tienes un trabajo que te satisfaga no puedes vivir plenamente, si no tienes hijos o pareja, no eres una persona completa, si no cumples con uns estándares estéticos, no eres deseable o digno y por tanto, es imposible que puedas ser feliz…

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Es curioso cómo en la mayoría de libros de autoayuda se promulga al lector-paciente una serie de consejos que si la persona los sigue harán que consiga aquello que tanto desea. Hoy no voy a hablar de si los libros de autoayuda son “buenos” o “malos”, como muchas cosas en la vida, tienen aspectos positivos pudiendo ser útiles para determinadas personas en determinadas circunstancias, y otros que no lo son tanto como son el generar culpa, inadecuación y desesperanza por no conseguir lo que tan sencillo se muestra en las páginas.

Sería interesante poder distinguir o conocer qué es realmente la felicidad o en qué consiste. Muy probablemente para cada persona tenga un sentido distinto (es cierto que muchos de sus aspectos serían compartidos por la mayoría), me refiero a por ejemplo, para una persona que está enferma, la felicidad consistiría en dejar de estarlo, para el que está en paro, conseguir trabajo, para el que busca pareja, encontrarla…

Es decir, la felicidad o su ausencia estaría relacionada con aquello que nos falta y sentimos como imprescindible, sin embargo, una persona con una enfermedad crónica, ¿no puede ser feliz?, seguro que todos conocemos personas que a pesar de haber pasado o estar pasando una enfermedad grave muestran su mejor cara y no pierden la sonrisa.

Resulta contradictorio que una persona dedique su vida a “buscar” la felicidad, ser feliz no es una obligación, es más, cuando uno se esfuerza por ser feliz, está dejando se serlo, porque la felicidad es espontánea, es un sentimiento que aparece cuando menos lo esperas, cuando no te estás fijando en él.

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Quisiera volver a las razones por las cuales la felicidad mal entendida está sobrevalorada. Muchas personas piensan que la vida sólo es merecedora si uno es constantemente feliz, sin embargo si una persona estuviera a todas horas riendo, haciendo bromas y “feliz” podría indicar algún grado de patología. En segundo lugar, sabemos que la vida también nos lanza retos y no todo son buenas noticias, es importante no tenerle miedo a la tristeza o dolor que esos momentos pueden conllevar, sería totalmente inadecuado que permaneciéramos “felices” en estas situaciones y eso no nos convierte ya en seres desdichados, todo lo contrario, estamos siendo sanos al adaptarnos a las circunstancias, somos coherentes con lo que sucede en nuestras vidas.

Es cierto que por lo general esos momentos más duros son puntuales y no por ello el cómputo final ha de dar como resultado ser infeliz. Mi intención es referirme al resto del tiempo, cuando uno dice “no soy feliz”. En estas ocasiones es habitual que se preste más atención a las cosas que nos faltan, que no tenemos y desearíamos, descuidando de nuestra atención a aquéllas que aunque no sean perfectas son válidas y reconfortantes.

Sin duda “conseguir la felicidad” pasaría por la aceptación de lo que estamos viviendo, ver qué cosas sí podemos cambiar y mejorar y aprender a tolerar y querer aquéllas que no podemos modificar, quitando el peso a la necesidad de conseguir todos los logros o metas desbordantes para poder ser feliz. “No elegimos lo que nos pasa, pero sí lo que hacemos con lo que nos pasa”(A. Payás).

Sin duda la mejor felicidad es la de aquél que expresa y siente que se encuentra bien a pesar de las dificultades y no le da mayor importancia a si todas sus expectativas se ven cumplidas ni si su vida es realmente feliz, se dedica exclusivamente a vivirla (con todo lo que conlleve), a gozar de ella y a disfrutar del camino, del momento presente.

Cristina Martínez Bernal

COVID-19 y salud mental. ANSIEDAD

          En esta ocasión abordaré los distintos aspectos que desde la perspectiva psicológica se pueden ver alterados por estas nuevas circunstancias asociadas al COVID-19.

        Una de las primeras cuestiones importantes a tratar es el distinguir entre lo esperable que podamos sentir y por lo tanto, normal, de lo que no lo es, con la finalidad de identificar cuándo ha llegado el momento de pedir ayuda profesional(es cierto que cualquier momento es bueno para solicitar ayuda para resolver cuestiones que nos dañan, a veces esperamos hasta no poder más, cuando sería más sencillo y rápido intervenir antes)

          Estos momentos que vivimos de gran incertidumbre van asociados inevitablemente a una serie de emociones que compartimos en mayor o menor medida todos los que estamos pasando este confinamiento. Estas emociones y sensaciones van desde la ansiedad, la tristeza, el miedo o la culpa. Todas ellas tienen efecto en nosotros, a veces se identifican fácilmente y otros son más sutiles. Iré desgranando cada una de ellas y vosotros sacaréis la conclusión de si ha llegado el momento de llamar al profesional.

Ansiedad, la “pandemia” psicológica de este siglo:

            En los últimos años, la ansiedad es el tema más habitual de consulta. Si de base es una problemática bastante extendida, podremos entender que las circunstancias que vivimos hayan disparado su presencia en personas que con anterioridad no la acusaban.

         Pero… ¿qué esto de la ansiedad?, seguro que es conocida por muchos pero entendida por pocos. Me gusta explicar a mis pacientes que la ansiedad no es la causa de su malestar, sino la consecuencia de una acumulación de factores que determinan la aparición de unos síntomas que en sí no son graves ni preocupantes, pero sí tremendamente molestos.

         ¿Y qué síntomas o sensaciones se experimentan cuando aparece la desagradable ansiedad? Pues aquéllos que absolutamente todos hemos sentido alguna vez, ya que de lo contrario no estaríamos vivos. Es decir, estas sensaciones tales como la respiración agitada, mareo, una alta tasa cardiaca (sentimos que el corazón casi se nos sale del pecho) tensión muscular o agarrotamiento (suele dolernos la espalda, el cuello…) sudoración de manos, midriasis (dilatación de las pupilas)…vamos, todo un catálogo de sensaciones nada apetecibles que aparecen cuando una de las vías del Sistema Nervioso Autónomo (S.N.A.) se activa, más concretamente el Sistema Nervioso Simpático, y todo ello, siempre y cuando nuestro Sistema Nervioso funcione correctamente. Por eso os escribía que si “sentimos nervios” es porque estamos vivos y sanos.

              La línea que separa la ansiedad del pánico es muy fina, es una cuestión de grado,  con qué intensidad se manifiestan todos esos síntomas. Si su aparición es muy repetida en el tiempo y/o es muy intensa, mi recomendación es que pidas ayuda, no tienes por qué encargarte tú sólo de esto…ni tienes por qué saber cómo hacerlo, de hecho, no saber qué hacer sería lo más esperable.

             Bien, vistas las formas en cómo se manifiesta la ansiedad, vamos a por el fondo, o la explicación de por qué aparece la dichosa o susodicha.

            Ahora veréis porqué suelo decir que la ansiedad es el mal de nuestro siglo. La vida actual nos exige estar pendientes de mil cosas a la vez, de ir corriendo a todos los sitios, de no perdernos un plazo, en definitiva de no bajar la guardia, y eso nos lleva a querer ganarle tiempo al tiempo, a incluso sentir la necesidad de preveer lo que va a suceder próximamente con el fin de sentir que tenemos todo bajo control y nada malo nos puede pasar. Nos volvemos adictos a una falsa seguridad, la que nos otorga el ANTICIPARNOS a los acontecimientos… pues en definitiva, ésto es precisamente de lo que se nutre la ansiedad, nos exigimos respuestas de un futuro que no tenemos por qué conocer y no por no saber los resultados tenemos por qué ponernos en lo peor.

          Ocurre que en muchas ocasiones nuestro cerebro nos juega una mala pasada, y peca de pesimista, es decir, nos aconseja en base a una excesiva precaución y/o en algunos casos sus argumentos se basan en su experiencia. Si en una ocasión has cometido un error y te ha ido mal, es esperable que tu memoria te recuerde que es muy probable que vuelva a suceder… pero eso es menospreciarnos… ¿acaso las personas no aprendemos de las experiencias?, caerse y volver a levantarse es de lo más natural, podremos tener magulladuras, pero esas cicatrices no son más que nuestra historia y el reflejo de cuánto más sabios somos… Vale…a veces hay que tropezarse un par de veces y si son más…entonces no estaría de más que un profesional te acompañara en la revisión de porqué te caes tanto para poner remedio.

          Volviendo a los desencadenantes de la ansiedad, tenemos por un lado la anticipación, ponernos en lo peor. La incertidumbre que atravesamos no nos lo pone en este punto precisamente fácil, Es sencillo caer en la trampa del derrotismo y catastrofismo… “no sé qué va a ser de mí”, “no sé si aguataré más tiempo…”, “¿qué va a pasar en cuanto a las repercusiones económicas?”, “esto es la ruina”…  pues bien, sin pecar de optimismo estúpido (creo que no hay cosa peor), del piensa que todo se arreglará sin más, o mejor, no pienses en ello… Sí que podemos hacer algo. Pasar de la PREOCUPACIÓN que nos crean todos esos pensamientos anticipatorios y catastrofistas a la ACCIÓN… Ya, pero ahora no hay mucho que se pueda hacer… es cierto, igual no podemos encargarnos de TODO, pero vamos a centrarnos en lo que SÍ. Por ejemplo, si temo consecuencias laborales, voy a aprovechar este tiempo para pensar que cambios me gustaría que se dieran más adelante en este área de mi vida, voy a centrarme en qué más le puedo aportar a mi curriculum actualizándome o si me gustaría dedicarme a otra cosa. Y si no puedo hacer más al respecto, no quedará otra que esperar a que esta situación se desbloquee.

         En lo personal, también puedo aprovechar a plantearme qué otras cosas quiero diferentes en mi vida y qué puedo hacer al respecto…pasar de la preocupación a la acción nos hará sentirnos menos víctimas de las circunstancias.

          Está claro que esta situación es novedosa y excepcional, nunca antes hemos tenido que pasar por un confinamiento así, por una enfermedad así. Ahora hay muchas primeras veces. Todo cambio y novedad nos exige una adaptación, encargarnos de nosotros y de lo que nos rodea de una forma diferente y eso lleva tiempo y es agotador. Por eso ahora más que nunca hemos de PERMITIRNOS y no forzarnos. Permitirnos tener ratos de estado de ánimo bajo, llorar, no tener ganas de nada, permitirnos tener cambios de humor, permitirnos el no dar el 100% de nosotros pues ahora la vida no la vivimos en todo su esplendor… y… NO PASA NADA. Piensa en todo lo que hacías antes, de lo que eras capaz y de que eso volverá. Nos costará otro poquito volver a adaptarnos a lo que dejamos en pausa no hace tanto pero que nos está esperando, pero lo haremos.

A vuestra disposición,

Cristina Martínez , psicóloga de antheo.

La familia y el TDAH

 

La presencia del Trastorno de déficit de atención con/sin hiperactividad (TDAH) en la familia supone un reto constante. Si bien todas las familias han de adaptarse a las distintas etapas vitales de cambio, el hecho de que un hijo sea diagnosticado de TDAH exige una mayor flexibilidad por parte de los padres para que puedan responder de la forma más adaptada. Si añadimos las posibilidades de encontrarnos en una misma familia más de un miembro con TDAH, entonces el reto es aún mayor.

Los padres muchas veces se ven indefensos, sin saber cómo actuar. En el trabajo terapéutico procuramos mostrarles las estrategias y recursos que poseen a su alcance y cómo ponerlos en marcha:

1. Un recurso muy valioso es la información- formación de los padres a cerca del trastorno. Cuanto más se conozcan las características y los aspectos implicados en el TDAH más preparados estarán para poder hacerle frente. La información actúa como un factor protector, previene dudas e incertidumbres sobre las posibles situaciones novedosas y permite a los padres anticiparse para poder hacerse cargo de ellas.
De esta manera podrán responder de una forma más competente a los cambios y exigencias del desarrollo de los niños y las propias del TDAH.
La información otorga más ventajas. Permite colocar al trastorno en su lugar. Es habitual que se puedan descuidar aspectos importantes de la familia y todo gire en torno al trastorno, éste ha llegado a ocupar un sitio que no le corresponde, está siempre presente lo que supone un gran desgaste, estrés, una visión de desesperanza, frustración, aislamiento social y una perspectiva muy negativa de la paternidad.
En muchas ocasiones los padres se ven sometidos a la presión del contexto social, han de escuchar que el mal comportamiento de su hijo se debe a una mala educación, falta de implicación e irresponsabilidad paternas, nada más allá. Estas críticas se fundamentan en el desconocimiento creando en los padres sentimientos de incompetencia e inefectividad. La única forma de prevenir el daño que pueden causar estos comentarios es no perder de vista qué es lo que le ocurre a su hijo y hasta qué punto uno puede hacerse responsable de ello.
Conocer los síntomas, evolución y desarrollo, aclarar ideas erróneas y dudas a cerca del trastorno facilitará a los padres el poder aceptar la realidad que supone el diagnóstico. Aceptar que un hijo tiene TDAH implica un trabajo de despedida o duelo. Es natural que los padres cuando están esperando un hijo se imaginen cómo será, qué cosas hará, qué le gustará ser de mayor… todas estas expectativas y planes se ven truncados una vez recibido el diagnóstico, la desinformación puede hacer que los padres se pongan en lo peor y se sientan sin recursos. La información posibilitará hacerse una idea de qué retos y dificultades van a tener que afrontar y cómo ir preparándose para ello a su vez podrán descubrir las potencialidades del niño abriéndose una visión llena de posibilidades permitiendo decir adiós a lo soñado de la forma más saludable.

2. El segundo recurso de los padres consiste en reconocerse como modelos para sus hijos. Los niños imitan lo que hacen sus adultos de referencia, por ello es importante que los padres sean congruentes, sus actuaciones no deben contradecir lo que exigen a su hijo. Si quieres que tu hijo haga algo, hazlo tú primero.
Sabemos que los niños con TDAH son impulsivos, si pretendemos ayudarles paraa que tomen mayor conciencia de su comportamiento, los padres han de actuar en consecuencia, ser modelos de reflexión y autocontrol frente a la impulsividad.
Esto no es sencillo, como ya he dicho, supone un reto constante y grandes dosis de paciencia, sin embargo uno no puede pretender estar todo el tiempo en alerta, contenido y regulado con el fin de realizar el papel de educador de la mejor manera posible.
Lo que se pretende es evitar llegar a la situación en la que los progenitores se vean desbordados y terminen reaccionando de forma impulsiva, para ello “recetamos” tiempos de respiro. Esto supone reservar un tiempo exclusivo para los cuidadores, sobre todo para el cuidador principal (que en muchas ocasiones todavía sigue siendo la madre), un tiempo para si mismo. Es la única forma de asegurarnos que los padres conserven su salud con el fin de poder dar lo mejor de ellos. Para poder cuidar, primero es necesario cuidarse sino más que una ayuda nos convertimos en un obstáculo.
Como comenté al principio a veces el TDAH ocupa un lugar central en la familia y en numerosas ocasiones vemos cómo la relación de pareja se resiente, en estos casos se hace doblemente necesario reservar un tiempo único para los dos en el que se reencuentren y se atiendan mutuamente quedando excluido hacer algún comentario a cerca de los hijos.

Estas son algunas sugerencias a poner en práctica por los padres, hay muchas más, si hubiera que destacar alguna, sin duda la más importante es la función afectiva paterna que se distingue de la propiamente educativa (esta puede fallar y sus consecuencias pueden ser no deseables pero no suponen un peligro serio para el niño).
La función afectiva ha de ser infalible, los padres han de hacer saber a su hijo que a pesar de tener un diagnóstico, él es mucho más y que por encima de todo le quieren, le valoran y le dan su cariño y comprensión.
Esta es la clave para que un niño con TDAH pueda salvar la imagen que tiene de si mismo, su autoestima y se convierta en un adulto emocionalmente sano.

Cristina Martínez Bernal, Psicoterapeuta de Antheo.

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