En esta ocasión abordaré los distintos aspectos que desde la perspectiva psicológica se pueden ver alterados por estas nuevas circunstancias asociadas al COVID-19.

        Una de las primeras cuestiones importantes a tratar es el distinguir entre lo esperable que podamos sentir y por lo tanto, normal, de lo que no lo es, con la finalidad de identificar cuándo ha llegado el momento de pedir ayuda profesional(es cierto que cualquier momento es bueno para solicitar ayuda para resolver cuestiones que nos dañan, a veces esperamos hasta no poder más, cuando sería más sencillo y rápido intervenir antes)

          Estos momentos que vivimos de gran incertidumbre van asociados inevitablemente a una serie de emociones que compartimos en mayor o menor medida todos los que estamos pasando este confinamiento. Estas emociones y sensaciones van desde la ansiedad, la tristeza, el miedo o la culpa. Todas ellas tienen efecto en nosotros, a veces se identifican fácilmente y otros son más sutiles. Iré desgranando cada una de ellas y vosotros sacaréis la conclusión de si ha llegado el momento de llamar al profesional.

Ansiedad, la “pandemia” psicológica de este siglo:

            En los últimos años, la ansiedad es el tema más habitual de consulta. Si de base es una problemática bastante extendida, podremos entender que las circunstancias que vivimos hayan disparado su presencia en personas que con anterioridad no la acusaban.

         Pero… ¿qué esto de la ansiedad?, seguro que es conocida por muchos pero entendida por pocos. Me gusta explicar a mis pacientes que la ansiedad no es la causa de su malestar, sino la consecuencia de una acumulación de factores que determinan la aparición de unos síntomas que en sí no son graves ni preocupantes, pero sí tremendamente molestos.

         ¿Y qué síntomas o sensaciones se experimentan cuando aparece la desagradable ansiedad? Pues aquéllos que absolutamente todos hemos sentido alguna vez, ya que de lo contrario no estaríamos vivos. Es decir, estas sensaciones tales como la respiración agitada, mareo, una alta tasa cardiaca (sentimos que el corazón casi se nos sale del pecho) tensión muscular o agarrotamiento (suele dolernos la espalda, el cuello…) sudoración de manos, midriasis (dilatación de las pupilas)…vamos, todo un catálogo de sensaciones nada apetecibles que aparecen cuando una de las vías del Sistema Nervioso Autónomo (S.N.A.) se activa, más concretamente el Sistema Nervioso Simpático, y todo ello, siempre y cuando nuestro Sistema Nervioso funcione correctamente. Por eso os escribía que si “sentimos nervios” es porque estamos vivos y sanos.

              La línea que separa la ansiedad del pánico es muy fina, es una cuestión de grado,  con qué intensidad se manifiestan todos esos síntomas. Si su aparición es muy repetida en el tiempo y/o es muy intensa, mi recomendación es que pidas ayuda, no tienes por qué encargarte tú sólo de esto…ni tienes por qué saber cómo hacerlo, de hecho, no saber qué hacer sería lo más esperable.

             Bien, vistas las formas en cómo se manifiesta la ansiedad, vamos a por el fondo, o la explicación de por qué aparece la dichosa o susodicha.

            Ahora veréis porqué suelo decir que la ansiedad es el mal de nuestro siglo. La vida actual nos exige estar pendientes de mil cosas a la vez, de ir corriendo a todos los sitios, de no perdernos un plazo, en definitiva de no bajar la guardia, y eso nos lleva a querer ganarle tiempo al tiempo, a incluso sentir la necesidad de preveer lo que va a suceder próximamente con el fin de sentir que tenemos todo bajo control y nada malo nos puede pasar. Nos volvemos adictos a una falsa seguridad, la que nos otorga el ANTICIPARNOS a los acontecimientos… pues en definitiva, ésto es precisamente de lo que se nutre la ansiedad, nos exigimos respuestas de un futuro que no tenemos por qué conocer y no por no saber los resultados tenemos por qué ponernos en lo peor.

          Ocurre que en muchas ocasiones nuestro cerebro nos juega una mala pasada, y peca de pesimista, es decir, nos aconseja en base a una excesiva precaución y/o en algunos casos sus argumentos se basan en su experiencia. Si en una ocasión has cometido un error y te ha ido mal, es esperable que tu memoria te recuerde que es muy probable que vuelva a suceder… pero eso es menospreciarnos… ¿acaso las personas no aprendemos de las experiencias?, caerse y volver a levantarse es de lo más natural, podremos tener magulladuras, pero esas cicatrices no son más que nuestra historia y el reflejo de cuánto más sabios somos… Vale…a veces hay que tropezarse un par de veces y si son más…entonces no estaría de más que un profesional te acompañara en la revisión de porqué te caes tanto para poner remedio.

          Volviendo a los desencadenantes de la ansiedad, tenemos por un lado la anticipación, ponernos en lo peor. La incertidumbre que atravesamos no nos lo pone en este punto precisamente fácil, Es sencillo caer en la trampa del derrotismo y catastrofismo… “no sé qué va a ser de mí”, “no sé si aguataré más tiempo…”, “¿qué va a pasar en cuanto a las repercusiones económicas?”, “esto es la ruina”…  pues bien, sin pecar de optimismo estúpido (creo que no hay cosa peor), del piensa que todo se arreglará sin más, o mejor, no pienses en ello… Sí que podemos hacer algo. Pasar de la PREOCUPACIÓN que nos crean todos esos pensamientos anticipatorios y catastrofistas a la ACCIÓN… Ya, pero ahora no hay mucho que se pueda hacer… es cierto, igual no podemos encargarnos de TODO, pero vamos a centrarnos en lo que SÍ. Por ejemplo, si temo consecuencias laborales, voy a aprovechar este tiempo para pensar que cambios me gustaría que se dieran más adelante en este área de mi vida, voy a centrarme en qué más le puedo aportar a mi curriculum actualizándome o si me gustaría dedicarme a otra cosa. Y si no puedo hacer más al respecto, no quedará otra que esperar a que esta situación se desbloquee.

         En lo personal, también puedo aprovechar a plantearme qué otras cosas quiero diferentes en mi vida y qué puedo hacer al respecto…pasar de la preocupación a la acción nos hará sentirnos menos víctimas de las circunstancias.

          Está claro que esta situación es novedosa y excepcional, nunca antes hemos tenido que pasar por un confinamiento así, por una enfermedad así. Ahora hay muchas primeras veces. Todo cambio y novedad nos exige una adaptación, encargarnos de nosotros y de lo que nos rodea de una forma diferente y eso lleva tiempo y es agotador. Por eso ahora más que nunca hemos de PERMITIRNOS y no forzarnos. Permitirnos tener ratos de estado de ánimo bajo, llorar, no tener ganas de nada, permitirnos tener cambios de humor, permitirnos el no dar el 100% de nosotros pues ahora la vida no la vivimos en todo su esplendor… y… NO PASA NADA. Piensa en todo lo que hacías antes, de lo que eras capaz y de que eso volverá. Nos costará otro poquito volver a adaptarnos a lo que dejamos en pausa no hace tanto pero que nos está esperando, pero lo haremos.

A vuestra disposición,

Cristina Martínez , psicóloga de antheo.